El productor agropecuario es despojado del objeto de su trabajo, la tierra, del mismo modo que lo es el artesano de la materia prima con que fabrica sus objetos. Ambos son despojados en consecuencia del producto de su esfuerzo. Por decirlo de otra manera, son enajenados quedándoles como único bien “vendible” su fuerza de trabajo.
La pérdida de la tierra para el que la trabaja se operó en los orígenes de la división del trabajo, en los umbrales de la civilización cuando mediada por el dinero y sus principales poseedores, los mercaderes, aparece la riqueza territorial.
La propiedad privada, a costa de la disolución de los derechos gentilicios, dió paso a la apropiación por parte de los poseedores de dinero y a la enajenación de los productores.
A lo largo de la historia la relación entre propietarios de la tierra y trabajadores de la tierra ha ido variando de forma: del esclavismo se pasó a la servidumbre medieval, y de la servidumbre medieval a las diversas modalidades al interior del sistema capitalista. Pero lo determinante en todas las relaciones es aquella rotura del vínculo que unía al productor indisolublemente con el suelo.
De allí en más, en todos los tiempos, los campesinos luchan por la recuperación de un palmo de tierra donde producir y disfrutar plenamente del fruto de su trabajo. Ese es el fundamento de esta y de todas las luchas genuinas por la propiedad de la tierra.
El autor por último resalta que “el interés genuino del agricultor descansa en el vínculo entre el hombre y su medio de trabajo”.
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